El soñador utópico de humilde estirpe ovita en un llanto desolador,
Sufre este orador,
Que no tiene nobleza, ni sangre, ni profesión,
Palpa en las viñas el clamor de la guillotina de clases,
Aun en su conciencia sencilla,
Vela, cree y sueña,
En mas que en un romeo y Julieta,
En una nueva novela,
Donde la tónica imperialista ceda ante la caricia del plebeyo,
Ese intruso sobre la mejilla de la señorita virgen que orgulloso le quito el velo,
Pero el tiempo pasa y la comparsa no aguanta a este intruso en su jerarquía,
En un oído le señala el ostentoso dictador a su inocente hija que su paciencia esta en agonía,
Con esas palabras, atrás quedan tiernos, traviesos y prohibidos momentos,
Se lamentan los patios del castillo de la colonial lucia,
Pues le arrancan mañana, tarde y noche a una hermosa historia,
Que fue alegría, pasión, amor, hasta que decapitaron a gloria,
Dicen los de la plebe,
Que fueron las manos ambiciosas del tirano que protegió su hija de un atrevido aedo,
Que oso regalar a la niña baratos consuelos,
Unos caballeros dicen que el auguroso recuerdo de la señorita opto por exiliarse,
Tarde o temprano la travesía habría de acabarse,
En tanto el joven camina desconcertado,
Por que reticente a su literatura,
Jamás creyó respirar pericias dolorosas en una,
Frente a la tradicional escena no posee armadura,
al parecer le falto el caballero don dinero en su cuna...
domingo, julio 30, 2006
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